La crisis del movimiento libertario. Contra la doctrina

El movimiento libertario está atravesando, aquí y ahora, una profunda crisis que hay que verla en diferentes niveles.

1.1. El españolismo

El sentimiento libertario de repudio al poder no se ha plasmado en una postura favorable a la liberación nacional. Han contribuido diferentes factores: la inexistencia de un trabajo teórico profundo que articule la liberación nacional dentro de una propuesta libertaria de lucha global, un excesivo dirigismo ideológico y anquilosamiento general, por los mitos del "estado catalán" y del "interclasismo", la confusión obrero-inmigrado / burgués-catalán, etc., todos estos aspectos serán tratados en los siguientes capítulos.

La práctica que se desprende de eso es netamente españolista, es decir, paralela a la del estado español, y se manifiesta a niveles diferentes:

La reproducción exacta del marco territorial impuesto por el Estado como un marco de lucha y de organización futura.

La utilización casi exclusiva del idioma oficial en la prensa y la propaganda.

La aceptación de la idea de "España" y de “españoles" como una cosa natural.

La indiferencia, cuando no menosprecio, ante la lucha por la liberación nacional.

Esta postura españolista no es en principio —y eso lo constatamos con tristeza— un obstáculo para conseguir adeptos entre la clase trabajadora. El independentismo aquí en los Països Catalans, casi no tiene incidencia en el mundo del trabajo, a pesar de sus esfuerzos en este sentido. Eso es triste pero habría que ver si la clase trabajadora no es independentista, actualmente no es anticapitalista. El obstáculo se produce de cara a unos sectores que analizaremos más adelante, que son los que en estos momentos llevan un enfrentamiento contra el poder, y entre los cuales el españolismo es un revulsivo.

Sentimos muy profundamente el españolismo que impregna los medios libertarios, pero sería un grave error atribuir la crisis a este único motivo.

1.2. Dirigismo ideológico / moral del grupo

¿Es el anarquismo una ideología? Esta pregunta nos fue hecha en un debate realizado en radio Venus con compañeros del movimiento libertario.

Hemos hecho una entretenida comparación entre ideología y religión (cogiendo el cristianismo como modelo), y hemos descubierto las siguientes similitudes:

Ambas prometen un cielo donde todo el mundo es feliz y bueno.

Tienen una jerarquía sacerdotal que aletarga a los creyentes con la promesa de este cielo.

Tienen personajes santificados a los cuales rinden culto.

Se horrorizan ante la "herejía", como una ruptura de su sistema de valores, como ruptura de la "verdad".

Mantienen determinados rituales (mitin-misa, manifestación-procesión, consigna-oración, celebración de determinadas fiestas, adoración de los líderes, etc.).

Necesitan una masa de feligreses a la cual puedan atontar con su discurso.

Simbología, martirologio, etc.

Una organización o un movimiento que no esté permanentemente abierto a la autocrítica acaba convirtiéndose en una nueva iglesia. Así, frecuentemente, Marx ha acabado en profeta de un nuevo mundo paradisíaco y su obra, en la biblia que las diferentes sectas —leninistas, maoístas, trotskistas, estalinistas...— se afanan en interpretar. Y hay que añadir que algo similar ha pasado dentro del movimiento libertario. Es por eso que valoramos muy positivamente cualquier crítica —y, sobre todo cualquier práctica— antidoctrinal, ya sea un hecho tan brutal y maravilloso como el estallido insurreccional de Autonomía Operaría en la Italia de 1977 (“alucinamos Marx"), o el trabajo realizado por Arco da Vela en Galicia, Askatasuna en el País Vasco, o, ahora, por la Coordinadora Libertaria de los Països Catalans.

De todas maneras, y a pesar de la creciente religiosidad del movimiento libertario, queremos reivindicar el anarquismo por considerarlo algo sustancialmente diferente a una ideología. En primer lugar, no es obra de un solo autor, sino el resultado de las diferentes aportaciones de un conjunto heterogéneo de autores. En segundo lugar, no es un proyecto acabado, sino que por su propia dinámica antiautoritaria es necesariamente adoctrinal y abierto a las nuevas situaciones. En tercer lugar, a partir de la idea de anarquía (no-poder), ha dado prioridad a la negación (lucha e insurrección) que a la afirmación (la "sociedad futura"). La anarquía, más que una ideología es una actitud vital del individuo, de rebeldía contra todo poder.

A pesar de todo eso, dentro del movimiento libertario existe un dirigismo ideológico. Hay una verdad inmutable que todo militante ha de aceptar. Si un individuo es suficientemente crítico como para dejar de militar por la verdad, y comienza a pensar por él mismo, será tildado de "hereje", de "disidente", "revisionista", etc. La más triste constatación de todo eso la tenemos en la expulsión de la CNT de Euskadi del Colectivo Libertario Askatasuna, que definía la liberación nacional e independencia de Euskadi dentro de una alternativa libertaria y global. Nosotros somos herejes en el sentido de repudiar cualquier planteamiento doctrinario, incluido —y eso es básico— una hipotética doctrina anarco-independentista.

Cuando hemos planteado asumir la liberación nacional desde una perspectiva libertaria, hemos desencadenado la furia doctrinal de los sacerdotes anarquistas. Si eso sirve para que salgan de su letargo devocional ya está bastante bien: un movimiento solamente avanza a partir de herejías. Establecer unas líneas rígidas que ha de seguir una idea que quiere liquidar cualquier poder significa incurrir en una grave contradicción, dado que establecer este rigidismo no es sino dictar unos límites, unas prohibiciones, un nuevo poder. Y cuando una idea comienza a parecerse a una religión, es que el movimiento que la encarna está en franca descomposición.

Pero de la misma manera que un Estado puede perpetuarse merced al seguidismo de la masa conformista, este dirigismo ideológico solamente ha sido posible gracias a la pasividad y alienación (!) de las bases libertarias y, sobre todo, gracias a la moral del grupo. Por moral de grupo entendemos la incapacidad crónica de determinados individuos a tener un criterio propio, y que por tanto pueda llegar a ser diferente al criterio del grupo. El grupo cualquier grupo genera unas determinadas pautas de conducta, unos gustos y preferencias, un vocabulario, forma de vestir, etc. Se establece una relación psicológica entre amoldarse bien y premio (aprobación moral del grupo) y amoldarse mal y castigo (desaprobación moral del grupo). Resulta desesperante constatar la presencia y magnitud de estas formas de poder en un movimiento que afirma querer destruir cualquier poder, especialmente en los años 1976-77 (puede ser ahora no tanto porque somos menos). La “anarco-moda” supuso la adopción de unos roles de conducta supuestamente libertarios, sin una reflexión previa y propia.

Si con los sacerdotes hemos topado con la furia doctrinal, con esta clase de monaguillos el único argumento que hemos encontrado han sido sonrisas, frases hechas e intentos de apelación al Tribunal Supremo de la Moral del grupo, en un intento de justificar su cretinismo ideológico. Este individuo es débil y se refugia en la moral del grupo, como el cristiano se ampara en la religión.

1.3. Falta de perspectivas

El movimiento libertario, ni cuenta con una mínima articulación que dinamice el proceso revolucionario, ni tiene definidas una estrategia y una táctica anticapitalista a corto, medio y largo término, que aceleren este proceso. En la situación actual sobreviven algunos grupos, pero al estar faltos de estas condiciones, su práctica se reduce a una suma de acciones aisladas perfectamente ineficaces para destruir un Estado cada vez más fuerte. Llegados aquí, el movimiento libertario puede pasar a formar parte de los mecanismos de asimilación de poder, en tanto que lugar donde aparcar los disidentes, pero sin un peligro de desestabilización real dada la militancia vegetativa y testimonial que lleva, y el anarquismo puede convertirse en religión con una doctrina fósil que pretende tener respuestas para todo y, sobre todo, que permita soportar la vida con la promesa de un futuro mejor, convirtiéndose en ambos casos en práctica inmovilista... Un caso aparte son las CNT.

1.4. Los esquemas tradicionales

Las CNT si que presentan un proyecto tanto de articulación como de estrategia: el anarco-sindicalismo. Pero además de su españolismo, cerradamente doctrinario en general, y el conservadurismo de muchos militantes —a niveles como familia, sexualidad, etc.— mantienen los esquemas del siglo XIX: el obrerismo y la definición de la revolución y del mundo futuro sobre la base del trabajo. No han comprendido que los esquemas tradicionales murieron en mayo de 1968, y que desde entonces hacia acá hemos entrado en una dinámica de lucha totalmente diferente.

El mundo del trabajo ya ni es motor de la revolución ni es la base sobre la cual definir la sociedad futura (en el comunismo libertario, el trabajo es una actividad marginal). La lucha obrera es solamente uno de los campos de actuación. Es más, en las sociedades democráticas occidentales, donde el progresivo aburguesamiento de la clase obrera ha atenuado hasta hacer desaparecer la lucha de clases, si exceptuamos los periódicos reacomodación de los salarios al nivel de consumo —práctica necesaria para el capitalismo— y donde el Estado, a través de sus mecanismos de control (partidos, sindicatos, televisión, escuela...) es aceptado por la población, la lucha obrera ha quedado atrás respecto a movimientos como el ecologismo, el antimilitarismo, el movimiento estudiantil, etc.

Es por eso que la vieja oposición clase obrera / burguesía como un motor de la revolución no sirve, y cabe introducir un concepto nuevo, el concepto globalizador del viejo mundo que se opone a un sector revolucionario nuevo de no ser para nada externo1 al propio viejo mundo. El viejo mundo lo es todo: la minoría dominante, la izquierda colaboracionista, la masa conformista... viejo mundo no es una clase social, ni una categoría económica, es una concepción de la vida resultado de siglos de explotación y de alienación, una concepción compartida indistintamente por el burgués o por el obrero. Viejo mundo es un concepto que globaliza una civilización sincera. Las diferentes formas de Estado representan las posibles estrategias de este mismo hecho.

En cuanto al nuevo sector revolucionario, ha habido diferentes intentos de definición. Para el Colectivo Askatasuna2 es el ciudadano-trabajador. Esta concepción todavía está dentro del obrerismo. Para el movimiento “Provo” holandés (1965-1968), es el "provotariado": "La clase obrera ha pasado de ser la vanguardia de la revolución a ser la retaguardia de la reacción". "La nueva clase revolucionaria es el “provotariado” —formada por los marginados, los estudiantes, los jóvenes descontentos, el lumpen...”3.. El error de esta concepción está en creer que todos los estudiantes, o todos los marginados, son la vanguardia de la revolución. No hay que hacer sistematizaciones y especialmente en nuestra área geográfica, donde a pesar del conservadurismo de la clase trabajadora pervive entre algunos sectores obreros aquel clima anticapitalista que se respiraba diez años atrás. En última instancia, no se ha de olvidar que el MIL surgió de aquí4. Lo que hay es que desmitificar el pretendido revolucionarismo de la clase obrera: el sujeto revolucionario es el individuo, puede ser obrero, pero hasta en este caso, no definimos su individualidad en función de la parte de su vida que más desprecia, el trabajo, el salario, o puede ser —como es cada vez más— un joven descontento, un marginado, etc., pero ninguna de estas etiquetas no es anterior a su realidad de individuo.

La crítica al anarco-sindicalismo de hoy está en no haber sabido entender el enorme potencial revolucionario de los numerosos colectivos libertarios de barrio, de instituto o facultad, de pueblo, etc., que aparecieron entre 1976-1977, y en no haber dinamizado un proceso de articulación y de colaboración, en el cual CNT fuese la vertiente obrera de un movimiento libertario global. Y la crítica —que es autocrítica— a los colectivos libertarios autónomos está en haber delegado frecuentemente en CNT estos tipos de iniciativas, y no haber adquirido una dinámica propia. Hoy, de todo aquello no queda nada.

El anarcosindicalismo ha de tener en teoría una actuación a un doble nivel. En primer lugar, a partir de núcleos anarquistas de agitación y propaganda en las empresas. Y en segundo lugar, dentro de la asamblea general de los trabajadores de la empresa. La base del movimiento obrero sería, entonces, la asamblea y la labor asignada al sindicato; además de la agitación y propaganda, está en colaborar en la resistencia, en la solidaridad con los otros sectores, en la defensa jurídica, etc. (en última instancia, la confederación de sindicatos sería el embrión de la sociedad futura). No obstante, eso, en los años 1976-1977, la CNT lanzó una campaña de captación de afiliados, similar a la de los "sindicatos mayoritarios", es decir: basada en la masa obrera, en absoluto en el individuo anarquista, basada en la casualidad de los compañeros de empresa que se afilian a la CNT, como se podrían afiliar a CCOO o a UGT, no estaba en absoluto basada en la concienciación. A partir de aquí, es decir, a partir del “sindicalismo de masas” que no es el núcleo anarquista de agitación, pero que tampoco es la asamblea de empresa, la CNT cayó en la contradicción de crear dentro de cada sindicato un núcleo anarquista dirigente que era el fundador del sindicato, y una masa de afiliados, dirigidos por el denominado núcleo dirigente. Esta masa, como toda masa, no tenía criterios propios, era simple carne de cañón del núcleo dirigente. En estas condiciones, un hecho como el "caso Scala” significó la huida de la masa afiliada. Se ha querido presentar este caso como un gran montaje para desmantelar el movimiento libertario, pero en realidad se jugaba la credibilidad de la CNT contra la credibilidad del Estado, y quien jugara favorablemente a uno u otro era el grado de imbecilidad de cada espectador; los que éramos anarquistas antes del "caso Scala” después continuamos siéndolo: los otros eran simple masa alienada y manipulable, ayer por unos dirigentes, hoy por la televisión.

El anarco-sindicalismo no se ha basado en el individuo nuevo por lo que hace a la masa afiliada, sino que en muchos casos —pero no siempre— los mismos militantes participan de unas concepciones progresistas en el aspecto socioeconómico, pero conservadores respecto a aspectos como la concepción patriarcal de la familia nuclear, basada en la autoridad del padre y la sumisión de la mujer y los hijos, en la exaltación del trabajo, en sus sistemas de valores, en ser feligreses del anarquismo, etc. Entendemos que el comunismo libertario no es solamente un proyecto social y económico sino un proyecto social y liberador, basado en un individuo totalmente nuevo.

El otro gran mito del anarquismo tradicional es la preocupación minoría / mayoría. En el siglo XIX podía tener un cierto valor referencial plantear la anarquía como una lucha de liberación de la mayoría contra la minoría dominante. Pero simplemente un valor referencial. Actualmente, todas las fuerzas políticas intentar legitimar sus propuestas apoyándose en el mito de la mayoría. Pero de la misma manera que el anarquismo no es esencialmente obrerista tampoco tiene por base la mayoría, sino el individuo. El comunismo libertario, la anarquía, no es una simple suma de personas iguales, con un funcionamiento interno progresista; son el resultado asociacionista de un séquito de individuos previamente independientes. El individuo es único, autónomo, irrepetible5. El individuo es un concepto anterior al de sociedad, y, por tanto, esta ha de ser expresión en aquel. Solamente en la anarquía su pertenencia a una sociedad —o, mejor a una “asociación”— es permanentemente voluntaria y rescindible. Nada puede situarse por encima suyo. A partir de aquí, el individuo tiene derecho a luchar contra cualquier forma de dominación, sea esta ejercida por una minoría o, en última instancia, por una mayoría. Esta reflexión no es gratuita: el mito de la democracia (mito que será convenientemente destruido en los capítulos siguientes), juntamente con la creciente alienación de masas, puede llegar a donde no había llegado nunca la dictadura militar: a identificar el Estado con la sociedad. Si eso llega, y según qué democracias burguesas se está llegando, y la presente desmovilización puede sernos una anticipación, las formas de lucha que no son asimilables por el poder, a partir de sus partidos y sindicatos, etc., serán marginadas y, posteriormente, criminalizadas. Llegados aquí, la decimonónica dualidad minoría/mayoría pierde todo sentido (resulta grotesco observar las estrategias populistas u obreristas de la izquierda aspirante a parlamentaria que vacila entre una postura radical que tenga una mínima coherencia anticapitalista, y una postura moderada que sea atractiva a la masa conformista, habiendo dejado de ser anticapitalista)... En resumen: a pesar de ser cierto que el conformismo de la mayoría es producto de la acción de una minoría, que es la realmente dominante, el mito de la mayoría como argumento de legitimación de posturas ha de desaparecer.

Llegados aquí, solamente tenemos dos opciones: entender el anarquismo como una religión y esperar su cielo (llegar a la decrepitud física y contemplar retrospectivamente la gloriosa esterilidad de una vida de militancia), o cogerlo como un punto de partida de una práctica autónoma, directa e insurreccional, en permanente autocrítica, hacia el comunismo libertario.

1 Como se verá más adelante, el individuo, el yo, ha de pasar a ser el principal objeto a reivindicar, pero cabe a añadir que, igualmente, es el primer objeto a combatir. Ningún individuo es externo al viejo mundo, no existe ningún "nuevo mundo", ni tampoco la necesidad de delimitar el que, a la larga, se convertiría en un "nuevo viejo mundo”. Solamente hay unas bases que representan un punto de partida para una práctica que en sí misma ya es una parte del comunismo libertario, que conduce este comunismo a la anarquía, entendidos como un nuevo punto de partida. Todo yo forma parte del viejo mundo, a partir de la interiorización de determinados esquemas mentales que tienen una incidencia mucho más profunda que los factores externos como ideología y religión, porque configuran y determinan el propio pensamiento, la propia comprensión del entorno. Luchar por el individuo nuevo, luchar por el yo, significa luchar contra el yo, contra los aspectos limitativos impuestos por la cultura, la moral, y la civilización. El resultado es una práctica cíclica afirmativa-negativa, que se articula a partir de la autocrítica.

2. Orrantia, M. "Tar": Por una alternativa libertaria y global, Zero-zyx.

3 Van Duyn, R.: Mensaje de un provo, Fundamentos.

4 Tajuelo, T.: El MIL, Puig Antich y los Gari. Ruedo ibérico.

5 Las posturas individualistas a partir de los trabajos de Max Stirner, "El único y su propiedad", y de Nietzsche, originaron una tendencia dentro del anarquismo y, sobre todo en los EEUU, con una trayectoria frecuentemente separada del resto del movimiento libertario. Es tan erróneo pensar que la liberación del individuo es un obstáculo para la liberación de la colectividad como que la liberación de la colectividad es un obstáculo para la liberación del individuo. Un comunismo que no sea previamente individualista no tendría ningún sentido. Cabe la síntesis.